febrero 04, 2009

Camarillo


Un ladrido lejano hizo que tornara la cara hacia el vacío de la oscuridad sin dejar de hacer sonar el sonido de las botas sobre el asfalto. Esa oscuridad sólo admitía su presencia pero trataba de expulsarlo, cerrándose tras sus pasos. Ningún disco de luz amarillenta se posaba en el suelo porque todos faroles habían sido vaciados por quienes se empeñaban en permanecer dentro de ese denso océano. Al mirar el pequeñísimo punto rojo de incandescencia supo que Camarillo lo había encontrado.
¿Qué hacía siempre ahí, acaso este guardia no tenía algún vicio? Parecía que lo esperaba todas las noches . No quiso enfrentarlo, ni pagar la multa otra vez y cruzó la acera, intentando ocultarse en el negro. El sonido de sus botas lo delató y Camarillo comenzó a perseguirlo a través de la densa capa de frío. Corrió pocos metros, la borrachera le impedía más. Y le volvieron a calzar las esposas, esta vez sin que le ofrecieran un cigarrillo. Casi arrastrado por el Sargento llegó a la comisaría, que parecía un islote en medio de ese mar de noche. Al llegar, Pérez y Gómez lo saludaron con toda familiaridad, le hicieron pagar su multa respectiva por violar el inexorable toque de queda y lo invitaron a jugar damas chinas. Se sentó y del bolsillo de la delgada chaqueta negra, sacó un paquete de cigarrillos. Los cuatro tomaron uno y jugaron, quizá lo harían hasta que se terminara el turno. Camarillo regresó al trabajo, volvía a sumergirse en la noche.
Faltaba tiempo para el final de su turno. Pensó otra vez en la sangrienta escena de la noche pasada en casa de Angélica, su antigua amiga con la que el destino lo había mantenido cerca durante diez años. ¡Pobre vieja, y pensar que sus ojos ya están en la panza de su perro, sus intestinos en la basura y ella en el cielo! Con rapidez diabólica, su hijo entró a la casa, asesinó primero al padre y luego a ella. Al llegar al trabajo esa noche, le dijeron que el parricida había muerto durante su torpe carrera de fuga; habían encontrado el cuerpo y un auto destrozado en la carretera México-Acapulco. Jamás imaginó que ese mocoso pudiera hacer eso y de manera tan bestial, con las paredes tan llenas de sangre como si hubiera querido cambiarle el color a las paredes de toda la casa.
Despertó del recuerdo por un sonido violento que venía del callejón cercano. La linterna se encendió en su mano izquierda, el cigarrillo fue lanzado al suelo y su pecho se llenó de aire. Estaba casi seguro que era un ladrón, ya sólo le faltaba atrapar a tres para cumplir su cuota de malhechores en la comisaría; dos meses seguidos fue quien más lacras había encerrado y en éste quería repetir la hazaña. Camarillo se desalentó cuando miró el montón de cajones de madera que, al caerse, habían despanzurrado al gato persecutor de un ratita gris que ahora era libre de buscar a su antojo la comida para sus crías rosadas y babosas. El escalofriante canto de un gallo lo obligó a guardar su linterna para mirar el reloj que dio el tiempo exacto de la noche, el turno había terminado.
Fotografía: Enrique "El niño" Metinides

5 comentarios:

Ald0rad0 dijo...

Interesante, en un momento más recibirás un mail mío.

Saludos!

costa sin mar dijo...
Un administrador del blog ha eliminado esta entrada.
Dadavo dijo...

Donde se puede encontrar anal magazine? hay versión impresa?

EDUARDO dijo...

hey claro q tengo 19 :)

EDUARDO dijo...

gracias!