
Un perfecto idiota que huyó de todas las cosas que lo pudieron hacer feliz. El rey Midas que todo convierte en mierda es mi padre. Lo único que hizo por mí fue meter su pito en el coño de mi mamá, eso fue todo. El primer recuerdo que viene a mi mente sobre él es en un estadio de futbol, yo tenía seis años y nos visitó en la pocilguita donde yo vivía con mi madre y mis hermanos, la visita fue sólo para darnos una cuenta en el banco en donde habría dinero suficiente para que comiéramos durante los siguientes seis años que estaría ausente. Quiso despedirse de nosotros con la advertencia de que regresaría a ocupar su función de padre. Pero ella, con lágrimas en los ojos, le pidió que no se fuera o que me llevara con él. Ella quería retenerlo y al sentir que eso era imposible le pidió que me llevara porque mi cara la hacía recordarlo. Él accedió pero sólo me soportó unas horas. Primero fuimos a recoger a su amante, el automóvil con el que cruzamos la ciudad fue el primero al que me había subido, ahí conocí el aire acondicionado o la disponibilidad de todos los asientos para mí sólo. Llegamos a un barrio fino y conocí a la mujer, una rubia gorda embarrada de maquillaje que al estilo clásico de teibolera intentó congraciarse. Le divertía mi rechazo. Su nombre era Charly pero en realidad se llamaba Rosalía, como cualquier fonda.
Me llevaron al estadio para ver al Cruz Azul perder tres a cero contra los Tecos, era sábado y el partido comenzó a las cinco de la tarde. Quizá de ese recuerdo provenga mi aversión a ese deporte. Ellos se sentaron en las gradas y yo no quise permanecer al lado de la pareja, me parecía extraños y además nacos. Cuando estuve lo bastante lejos de ellos intenté mirar el partido pero casi de inmediato comencé a conversar con un muchacho que también estaba solo y que cargaba una bolsa de pan Bimbo llena de naranjas. La conversación con él se ha esfumado de mi memoria pero no pasó así con el sabor de la mitad de la naranja que me ofreció ese chico. Ellos interrumpieron mi nueva amistad y me sacaron del estadio, es muy probable que no se hayan percatado de mi ausencia hasta que acabó ese partido. Nos fuimos y la mujer me cargó en sus brazos, mismos de los que yo quería huir porque me repugnaba el olor dulce de su fragancia Avon. No lo logré. Llegamos a su casa, un lugar elegante, con bastante espacio y muebles a los que yo llamé: bonitos. Eso no tenía nada que ver con la pequeña pocilga en la que mi familia vivía. Me asignaron una recámara inmaculada y una cama fría, no pude dormir en toda la noche, cuando apenas empezaba a conciliar ensueño, los chingados mosquitos se metían a mi oreja para avisarme que era la hora de rascarse. Lloré sonoramente toda la noche.
Muy temprano una voz extraña me despertó al avisarme que era la hora del desayuno. Era mi abuelita nueva. Le pregunté su nombre y me dijo que se llamaba Luz. Yo la quise desde el primer momento, una mujer delgada y muy alta, con lentes de un aumento que casi no me dejaban ver la forma real de sus ojos. Ella vivía ahí, en mi nueva casa. En la que sólo duré unas cuántas horas más. Hasta que mi madre llegó con lágrimas en los ojos y junto a ella su hermana dispuesta a ponerse violenta si es que alguien trataba de evitar la recuperación de su sobrino, o sea, yo. Mi padre y Charly no pusieron ninguna resistencia, mi abuela sí. Y comenzó la pelea, en la que triunfaron mi madre y su hermana y lograron sacarme de esa casa. Mi papá no trato de evitar la pelea, subió a su recámara a tratar de que su mujer no escuchara las groserías que gritaba mi madre histérica por el desamor.
Hubiera sido mejor que el arranque de mi madre nunca hubiera sucedido, porque regresé a la micro pocilga sólo para ser golpeado gracias a mi parecido con él hasta el día en que logré escapar. A él lo volví a ver quince años más tarde.