
La terrible visión del futuro me llevó a considerar la emigración como única posibilidad de mejora. Hoy, a punto de dejar este sitio para siempre, el miedo me invade y la cabeza trata de retratar la imagen exacta de este país destruido por el hambre. Parto no sin sufrimiento, pues el árbol de la esperanza se derrumbó para siempre en México. No soy el primero que lo hace, más de la mitad de los paisanos ya lo han hecho, antes era necio porque todavía guardaba algún milagro pero hoy me he rendido. Cruzaré un océano y mis plantas tocarán un suelo del que no habré de moverme nunca más. El cielo de la Ciudad ya empieza a manchar con agua todas las calles, yo sigo retratando este cuarto, estas ventanas por las que he visto huir a todos y por las que ahora no miro nada sino recuerdos agobiantes que me perseguirán para siempre ¿Qué va a pasar con este edificio, con estas calles y con las personas que se quedan por estar imposibilitadas a moverse? Quizá desaparezcan, se esfumen y formen las nubes que me cubrirán cuando ya esté lejos. Faltan un par de horas, quisiera salir a caminar un poco, visitar por última vez los lugares en los que solía ver sonreír, pelear, correr, gozar a las personas pero no puedo, no quiero ver sombras ni residuos de aquello que ya se ha perdido. Ya nada sobra.
En las maletas no cupieron todas las cosas que me hubiera gustado llevarme, en una valija no cabe un país que ya no existe, no puedo cargar con todo este cascajo lleno de una felicidad antigua, entonces decido cargar con nada. Lloro para exprimirme por dentro, para que todo lo que se viene dentro de mi salga en forma de lágrimas y cuando esté en otro lugar ya no me quede algo dentro. No hay nadie de quien despedirse.
Desaparecerán la tristeza, la frustración, la memoria, el amor por los hombres y por la nación desaparecida.

