febrero 08, 2008

Pasatiempo Soviético


El reloj derramaba sutilmente el sonido del tiempo en el cuarto. Se despertó con un dolor de cabeza y con la luz del mediodía en los ojos. Estaba hinchado y las ronchas desperdigadas por toda su piel estaban más enrojecidas. Se levantó y, como siempre, aún con la vista nublada por el sueño, se miró en el espejo del tocador. Con la visión de su cara descompuesta por una enfermedad desconocida. Regresó a la cama. Se propuso descansar cinco minutos más y otra vez estuvo en aquel sueño en el que se veía así mismo en la Unión Soviética, escondiéndose de algo dentro de uno de esos extraños edificios que más bien parecían plantas nucleares, naves espaciales o robots japoneses. La doctrina socialista lo había mantenido ocupado en los últimos días porque preparaba para un pequeño periódico burgés, como él, una nota sobre ese tema. A pesar de que el sonido del despertador sonaba histérico, él no pudo sino seguir escondiéndose de ese algo que lo obligaba a adentrarse en las entrañas de todos esos monumentos destruidosy olvidados por una sociedad que se creía liberada de un régimen odioso y que se había subyugado en uno mucho peor, en donde existe una libertad ilusoria. Quizá sea por su resistencia a adaptarse a un mundo de consumo quelo perseguían, que lo querían ver muerto. Mientras él hacia de fugitivo en en la URSS, la primera clase de la semana iniciaba en la escuela. Cosa poco importante, prefería seguir como turista en las exóticas moles arquitectónicas que meterse a una clase en donde un maestro daba sus interpretaciones esótericas de una novela y fascinaba a los alumnos que deseaban convertirse en los mejores maestros de la literatura que sólo les interesa a ellos, que hacía poesía metafísica para que nadie pudiera leerlos y las generaciones siguientes de letrados oligofrénicos trataran de descifrarlos y, en el mayor de los casos, aprender sobre las formas literarias medievales para, así, conquistar a una dama que asoma a un balcón en el más cursi estilo trovadoresco. Su abuela empezó a gritarle desesperada porque no encontraba el control del televisor en el que muy propablemente se encontraba sentada, despertó y acudió alñ grito de auxilio y en efecto, la abuela hacia crujir al control remoto con sus nalgas. Se vio en medio de la horrenda sala sólo con los calzoncillospuestos y volvió a subir al cuarto en el que vivía provisionalmente, en lo que encontraba un trabajo en donde ganara lo suficiente para alquilar un cuarto con un ventanal para largarse y así, según él, poder seguir escribiendo esa novela que denunciaría subrepticiamente todos los males de la sociedad de consumo en la que vivía y que entendería lo escrito como la más pura descripción de la actualidad y compraría masivamente el libro.
El reloj no dejaba de avanzar y el, al ver la posición de las manecillas sintió un poco de culpa por no haber asistido a clases para sentarse en frente y entre todas aquellas personas a las que odiaba secretamente. Analizó lo que haría durante el día y logróllegar a la misma conclusión de todos los días: no tenía que hacer nada. el único compromiso real era con el médico que supuestamente lo curaría de las verrugas que lo hacían sentir monstruoso pero la cita era hasta la semana próxima. La lista de contactos de su celular fue revisada meticulosamente para encontrar a alguien con quién salir esa tarde; eligió a dos personas para hacerles la invitación, misma que le rechazaron porque todos tenían mucho trabajo o demasiadas cosas por hacer. Y entonces, como los días anteriores, miro el techo hasta que terminara el día y pudiera volver a soñar con esos extraños y abandonados monstruos soviéticos.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

No sé si sea cansado que te elogie, pero asumiré que sí y empezaré otra técnica en cuanto a mis comentarios.

Definámoslo así, si fuese un libro...lo compraría. Y te aseguro que no compro cualquier cosa.

Otro saludo.