
Christian Antonio Ramírez García es mi nombre completo. Hoy es el día quince de noviembre del año dos mil dos. Escucho una canción de Devendra Banhart que se llama luna de Margarita. Estoy triste. Fumo marihuana en una pipa de cristal y no me voy a dormir aunque sean las tres y cuarto de la madrugada. He decidido dejar el alcohol, hoy es mi segundo día y todas las circunstacias, que jamás se mostraron así, querían que yo volviera a beber esta noche. Primero fui a un lugar en donde regalaba cervezas pero yo tuve pagar treinta pesos por un sorbo de coca-cola con hielos. Después fui a una galería en la que regalaban ron, vino, y vodka con taurina y en el que mis amigos terminaron de ponerse ebrios. Todos gritaban tonterías etílicas, sus carcajadas me hacía afligirme. Mañana tengo que ir a la escuela, he faltado mucho con estas últimas crisis nerviosas y depresivas. Iré a una organización de Neuróticos anónimos y concretaré una cita con el psicoanalista que casi no cobra. Mi rostro parece el de un heroinómano, lamento que no se vea como el de un miserable hombre que le pega a su mujer y que ahora está abandonado.
Quisiera estar curarme rápido, que la subjetividad del análisis mental desaparezca y, que en su lugar, me disparen rayos láser en la cabeza para que mis colapsos nerviosos que regularmente terminan en violencia, se vayan de mi vida del todo. El departamento luce abandonado, casi vacío; me trae malos recuerdos, no puedo ver ese rincón porque la vuelvo a ver en posición fetal recibiendo mis estúpidas patadas, lo malo es que ni siquiera lloro, solo me angustio cuando llegan los recuerdos. Mi casera me ha corrido, tengo que salir de aquí lo más pronto posible pero yo no hago nada para hacerle caso. No tengo que pensar demasiado, sé que mi única alternativa es regresar a casa de mi madre, todavía tengo algún dinero guardado, la paga de mi lejano y último trabajo, pero no es suficiente para mantenerme vivo ni un solo mes.
Ayer tuve las rodillas en el alféizar, a punto de caer cuatro pisos por voluntad propia. Me arrepentí porque morirse no es tan fácil, no era seguro que mi vida se la llevara el demonio, lo más probable era que la caída me provocara un daño que me dejaría aún más idiota y aún más inútil. Ya he llamado a la línea de ayuda sicológica que ofrece el gobierno, fue hace casi veinticuatro horas, me contestó una mujer notablemente confundida por el sueño del que la desperté. –¿En qué puedo ayudarle?– No supe responder a su pregunta, de cualquier manera comencé a hablar. Le platiqué un poco y me dijo que lo que había yo hecho, se llamaba violencia. Me convenció rotundamente su inteligente observación y me despedí sin decirle adiós, la dejé seguir soñando.
No llegó a casa el lunes. Despierto todasestas noches, me dedico a escribirle cartas, en pensar las posibilidades que tengo de cambiar y poder hacerla regresar. El martes en la tarde vino con tres de sus amigos, franceses los muy hijos de puta. Ya casi había acabado y de haberse tardado un minuto menos, hubieramos evitado otro de mis desplantes. Sólo vi su cara, de miedo, casi terror al ver que estaba detrás de ella. Yo sólo vestía calzones blancos de Calvin Klein y calcetines de lana. Los alcancé en las escaleras y les exigí que devolvieran todas las cosas de donde las habían tomado. Ella comenzó a llorar y a negarse, sus amigos empezaron a gritarme un montón de insultos que me hicieron odiar a todos los putos franceses. Después de dar un festín al morbo de los vecinos, le dije que tomara absolutamente todas sus cosas pero sólo después de golpear a sus tres amigos. Uno de ellos ni siquiera se movió al ver mi puño que se dirigía hacia su cara, sus ojos idiotas me provoca desprecio. Llamaron a la policía que vigiló que ella se pudiera llevar todo y me acompañaron a una delegación esposado. Pronto salí para comenzar a llamarle por teléfono, obviamente, no recibí respuesta alguna. Invité a mis amigos a mi casa, quería beber mucho y llorar frente a ellos. Pronto todos vinieron y comencé a tomar mezcal, a curarme a la mexicana, se fueron cuando se acabó el alcohol que les compré y me quedé dormido en una silla. Me largué a la escuela, no sé, creo que para provocar asco y desprecio con mi aliento, mi rostro enfermo; mi historia causó, más que nada, lástima.
Cuando regresé al departamento, todo estaba sucio y vacío e intenté suicidarme. Me detuvo una explicación que ya mencioné anteriormente. Todo ese miércoles me la pasé angustiado. Mi casera me habló para confirmar mi existencia dentro del departamento y para decirme que ella ya no prestaría más su nombre en el contrato de arrendamiento y que a mí no me quería en su edificio, por ser tan indecente. Lo acepté sin reparo. Hoy fui con mi madre, sólo pude verla de espaldas mientras ella veía hipnotizada las pendejadas en el televisor. Comí algo, después de varios días y regresé a mi casa para volverle a llamar, esta vez sí contestó. Le prometí cambiar y hoy, busco ayuda.
