noviembre 16, 2007

El violento


Christian Antonio Ramírez García es mi nombre completo. Hoy es el día quince de noviembre del año dos mil dos. Escucho una canción de Devendra Banhart que se llama luna de Margarita. Estoy triste. Fumo marihuana en una pipa de cristal y no me voy a dormir aunque sean las tres y cuarto de la madrugada. He decidido dejar el alcohol, hoy es mi segundo día y todas las circunstacias, que jamás se mostraron así, querían que yo volviera a beber esta noche. Primero fui a un lugar en donde regalaba cervezas pero yo tuve pagar treinta pesos por un sorbo de coca-cola con hielos. Después fui a una galería en la que regalaban ron, vino, y vodka con taurina y en el que mis amigos terminaron de ponerse ebrios. Todos gritaban tonterías etílicas, sus carcajadas me hacía afligirme. Mañana tengo que ir a la escuela, he faltado mucho con estas últimas crisis nerviosas y depresivas. Iré a una organización de Neuróticos anónimos y concretaré una cita con el psicoanalista que casi no cobra. Mi rostro parece el de un heroinómano, lamento que no se vea como el de un miserable hombre que le pega a su mujer y que ahora está abandonado.
Quisiera estar curarme rápido, que la subjetividad del análisis mental desaparezca y, que en su lugar, me disparen rayos láser en la cabeza para que mis colapsos nerviosos que regularmente terminan en violencia, se vayan de mi vida del todo. El departamento luce abandonado, casi vacío; me trae malos recuerdos, no puedo ver ese rincón porque la vuelvo a ver en posición fetal recibiendo mis estúpidas patadas, lo malo es que ni siquiera lloro, solo me angustio cuando llegan los recuerdos. Mi casera me ha corrido, tengo que salir de aquí lo más pronto posible pero yo no hago nada para hacerle caso. No tengo que pensar demasiado, sé que mi única alternativa es regresar a casa de mi madre, todavía tengo algún dinero guardado, la paga de mi lejano y último trabajo, pero no es suficiente para mantenerme vivo ni un solo mes.
Ayer tuve las rodillas en el alféizar, a punto de caer cuatro pisos por voluntad propia. Me arrepentí porque morirse no es tan fácil, no era seguro que mi vida se la llevara el demonio, lo más probable era que la caída me provocara un daño que me dejaría aún más idiota y aún más inútil. Ya he llamado a la línea de ayuda sicológica que ofrece el gobierno, fue hace casi veinticuatro horas, me contestó una mujer notablemente confundida por el sueño del que la desperté. –¿En qué puedo ayudarle?– No supe responder a su pregunta, de cualquier manera comencé a hablar. Le platiqué un poco y me dijo que lo que había yo hecho, se llamaba violencia. Me convenció rotundamente su inteligente observación y me despedí sin decirle adiós, la dejé seguir soñando.
No llegó a casa el lunes. Despierto todasestas noches, me dedico a escribirle cartas, en pensar las posibilidades que tengo de cambiar y poder hacerla regresar. El martes en la tarde vino con tres de sus amigos, franceses los muy hijos de puta. Ya casi había acabado y de haberse tardado un minuto menos, hubieramos evitado otro de mis desplantes. Sólo vi su cara, de miedo, casi terror al ver que estaba detrás de ella. Yo sólo vestía calzones blancos de Calvin Klein y calcetines de lana. Los alcancé en las escaleras y les exigí que devolvieran todas las cosas de donde las habían tomado. Ella comenzó a llorar y a negarse, sus amigos empezaron a gritarme un montón de insultos que me hicieron odiar a todos los putos franceses. Después de dar un festín al morbo de los vecinos, le dije que tomara absolutamente todas sus cosas pero sólo después de golpear a sus tres amigos. Uno de ellos ni siquiera se movió al ver mi puño que se dirigía hacia su cara, sus ojos idiotas me provoca desprecio. Llamaron a la policía que vigiló que ella se pudiera llevar todo y me acompañaron a una delegación esposado. Pronto salí para comenzar a llamarle por teléfono, obviamente, no recibí respuesta alguna. Invité a mis amigos a mi casa, quería beber mucho y llorar frente a ellos. Pronto todos vinieron y comencé a tomar mezcal, a curarme a la mexicana, se fueron cuando se acabó el alcohol que les compré y me quedé dormido en una silla. Me largué a la escuela, no sé, creo que para provocar asco y desprecio con mi aliento, mi rostro enfermo; mi historia causó, más que nada, lástima.
Cuando regresé al departamento, todo estaba sucio y vacío e intenté suicidarme. Me detuvo una explicación que ya mencioné anteriormente. Todo ese miércoles me la pasé angustiado. Mi casera me habló para confirmar mi existencia dentro del departamento y para decirme que ella ya no prestaría más su nombre en el contrato de arrendamiento y que a mí no me quería en su edificio, por ser tan indecente. Lo acepté sin reparo. Hoy fui con mi madre, sólo pude verla de espaldas mientras ella veía hipnotizada las pendejadas en el televisor. Comí algo, después de varios días y regresé a mi casa para volverle a llamar, esta vez sí contestó. Le prometí cambiar y hoy, busco ayuda.

noviembre 05, 2007

Hoy es Lunes


Puta madre, sigo como antes, como siempre. Con una erección que nunca se va, con un pene que jamás está satisfecho. Sin qué hacer en mi casa, me dedico casi exclusivamente a mirar pornografía en el Internet y a esperar a que mi novio regrese para que, a ver si él, puede resolver el problema que está entre mis piernas; la mayoría de las veces está cansado y no puede hacer absolutamente nada por mí. La escuela me importa un bledo, ese es sólo un lugar que se usa para conocer gente, en los salones de clases se duerme o se mantienen conversaciones personales, mismas que se pueden hacer en cualquier otro lado, la diferencia es que acá ponen un numerito frente a tu nombre en una lista, estos numeritos harán que tengas una nueva especie de título nobiliario que no servirá de nada sino para presumir. Es invierno y la noche viene desde las cuatro de la tarde y tomando en cuenta que me levanto diariamente a las doce del día, sólo tengo cuatro horas de luz gélida que tan sólo sirve para darme cuenta de que podría hacer algo con todo este puto tiempo libre que tengo. Tengo que leer los textos escolares, nunca lo hago, porque ni siquiera los maestros lo hacen, se preocupan sólo por no cometer un error frente a sus cincuenta alumnos que podrían burlarse por el resto del semestre; entonces, se paran con la espalda en el pizarrón, en la cátedra, nerviosos y expuestos comienzan un discurso que todo el mundo ignora. Yo también tengo miedo, a la entrada y salida de la facultad, en donde todos los alumnos se reúnen para posar por tiempo indefinido o hasta que comience la siguiente clase en la que les espera un aburrimiento inmenso, tengo que pasar rápidamente para pasar inadvertido, para evitar las conversaciones que me detendrán por horas y a las críticas que no soporto, aunque no las escuche, aunque nadie las haga, como sea tengo miedote toda esa gente, ni siquiera me detengo a comprar el almuerzo o un café. Una vez que he llegado al salón, una vez que la clase ya ha comenzado, elijo con la vista un lugar en dónde sentarme, escojo el más cercano a la persona con la que tengo el humor de conversar ese día, a veces no tengo humor para nadie pero estar solo en un salón de clases en la facultad de filosofía es casi imposible, entonces busco el lugar en donde las personas apenas me saludarán. Una vez sentado, dependiendo mi estado de ánimo en el día, me pongo a conversar hasta que el maestro pierde toda concentración en su discurso y en sus nervios y regaña al interlocutor de este narrador o comienzo a dibujar animales extraños en una libreta especial para esto, también puedo escribir una bola de estupideces que después leeré y me parecerán abominables. Todos los maestros suelen terminar más temprano de lo debido, de cualquier manera, siempre me levanto a mitad de la clase para salir al baño y verme en el espejo, para fumar hasta que el hastío que siento por estar ahí sea menor.
Hoy decidí perder todo el día en mi casa, lo único más o menos productivo que hice fue ir al supermercado, comprar jamón, sopa, queso, leche y me preparé de comer las quesadillas de cada día. No espero, como todos, a que llegue el fin de semana, para mí todos los días son iguales, puedo fumar un montón de marihuana, mirar al mundo desde este monitor que me informa de todo o de casi todo, salir a cualquier bar en busca de quién sabe qué cosa o a una fiesta para pretender que soy la persona más chic que ha pisado ese suelo. Llevo veintitrés años de vivir siempre en la misma forma, y esta tarde, por fin, me he sentido inconforme. En mi estómago sentí por primera vez esa la sensación de querer hacer algo, quizá esa es la razón por la que hago esto, en este momento, para disminuir la sensación de culpa y comenzar una profesión que elegí hace años, escritor, mi elección fue así porque me gustaban los personajes de la televisión que se dedican a esto. Verlos siempre con una libreta a su lado, una pluma elegante en una mano y en la otra un cigarro que fuman con lentitud, fue lo que me convenció para hacer esto. Mi futuro no pinta del todo bien de cualquier manera me las arreglaré para poder vivir en él, aunque no sea de un color agradable, después de todo la vida siempre es amarilla, con brillo como el de los focos de las casa pobres. Desde mi ventana miro los departamentos a los que llegan todos los trabajadores, su jornada ha terminado, se quitan las chaquetas y los niños brincan y los circundan, felices de que sus padres hayan vuelto para que así, todos puedan mirar el televisor juntos. Alberto es como uno de los padres, yo soy como los niños, la diferencia es que nosotros no tenemos televisión y que él, esta noche, o llegará porque tiene que ver a otro. No siento celos, pienso que yo debería hacer lo mismo pero la flojera de salir, de bañarme, vence toda posibilidad de escapar de esta vida iluminada por focos de setenta y cinco watts. Sólo una cosa me podría hacer salir, comprar cigarros, pero Alberto me compró hace dos días una caja con muchas cajetillas. El tráfico en las calles se ha terminado, los ruidos de bocinas y motores se terminaron y decido poner un poco de música, es una lástima que no tenga drogas esta noche todo pinta como una noche aburrida más.
Voy al baño, regreso, continuo el texto y pienso lo raro que es el tiempo de los escritores. Entre una coma y otra, es decir en lo que fui al baño y regresé, pasaron unos cinco minutos pero aquí todo parece tan inmediato, tan fácil. Por ejemplo: para hacer la totalidad de lo que vade este texto, me he tomado el tiempo para revisar el correo electrónico, pensar en los amigos que han dejado de serlo, o sea todos, bañarme, buscar más pornografía, preparar café, una totalidad de tres horas, quizá usted lo ha leído en quince minutos. La literatura es rara, los textos son cápsulas del aire que un escritor consumió mientras trabajaba, las letras guardan dentro de sí un montón de segundos y de otras cosas que ya no examinaré. Ya son las ocho de la noche y tengo mucho frío, el invierno llegó antes y los días se van demasiado pronto, como ya dije antes, no he prendido la televisión porque no tengo una, necesito ahorrar para eso, necesito de esas sesiones de hipnotismo y olvidarme de mí mismo. No puedo. Puta madre, hoy es lunes.