abril 23, 2007

Las razones de un lamento


La noche en que Don Isidro murió, el silencio estuvo mucho más callado. En la manzana no se escucharon perros que ladraran para demostrar valentía, tampoco un grito lejano de ambulancia que se abriera paso entre el asfalto, ni siquiera estuvieron las voces de siempre que vienen de las televisiones vecinas; sólo los segundos creados por una manecilla acompañaron a sus últimas cinco palabras y al sonido una lágrima.
Entre sombras apareció la bendita hora de su muerte. Tenía cabello blanco y para que a un hombre negro se le noten las canas tiene que haber nacido un siglo antes de nuestra era. Era lento, casi siempre lo encontraba en las escaleras, parecía tardar meses en subirlas. En ocasiones lo acompañé durante un par de escalones, pero sólo cuando tenía una hora que perder, casi siempre me veía pasar rápidamente junto a él sin que pudiera contestar mi saludo. Cuando llegaba a su puerta, en el primer piso, era tiempo de iniciar una larga pelea con las llaves. Al final casi no salía, primero se ausentó ese olor de cadáver sobre las escaleras de madera rojas y después él.
Don Isidro ahora tiene un cuento no porque lo extrañe, después de todo el mundo está lleno de muertos y hasta los vivos son fantasmas, sino porque los dos, él sólo aquella vez, lloramos con distinto ánimo y por la misma razón: porque la vida es una cabrona.

abril 01, 2007

¿es yo o el ello?


Nací crecí y empecé a tener sexo. En los intervalos aprendí a disfrutar del silencio y en medio de él me creí capaz de deformar la realidad que aún me rodea. Nunca me gustó la plastilina para representar al mundo, tampoco los lápices de colores a los que siempre me comía, por eso me puse a escribir. No traté de entender nada, sólo me concentraba en las sensaciones que las cosas me causaban y en llenar de letras las hojas que me parecían demasiado vacías. De esta manera descubrí a perderme a mí mismo, a escapar por medio de la tinta y de las yemas de mis dedos. Un día escapé de mi casa, robé el dinero de mis padres y me renté un cuarto bien oscuro, en donde nadie, mas que yo, pudiera encender la luz amarillenta de los focos que tan nervioso me ha puesto siempre. Unos años después regresé sólo para pedirles disculpas y un poco más de dinero. trabajé en cualquier lado, dejé que los jefes me explotaran hasta que tuve para viajar y volver pronto a causa del frío europeo que no me gustó nada. Me inscribí en la universidad, quizá con el afán de aprender a escribir, cosa que jamás logré. El problema es que nunca aprendí a hacer algo que me resultara menos beneficioso, además de fumar, por eso sigo haciendo ambas cosas. Ahora me considero un espía, observo a los hombres y a las mujeres, al peor lugar de la tierra o al cielo y todo esto lo traduzco con estos símbolos que no son mas que una parte de mi lenguaje. Me acerco cautelosamente a todo eso que me gusta espiar y a veces, ya sea en la cabeza o en el papel, modifico las situaciones para se tornen un poco más dramáticas y descriptibles. Intento pasar inadvertido para no envolver mis sentimientos a esta especie de cartas que escribo para un destinatario desconocido.