
A mí también me gustaría ser como él pero un mejor artista, más famoso. Pasar por la calle y que la gente lea en mi rostro todas aquellas genialidades que escribo y que murmuren, con el afán de que yo les oiga, cuán felices están de haberme visto tan de cerca, como si mi roce les hubiera dejado un poco de talento embarrado sobre las camisetas. Estaría contento si los editores me persiguieran, si llamaran a mi celular para rogarme que escriba algo para las páginas que ellos pagan y de las que están seguros que serán un éxito inmediato en el asqueroso mundo editorial. Bajar de un automóvil negro manejado por un chofer, negro también, que me ayudara a bajar y que las puertas de un lugar exclusivo, mismo que yo elegí y que casi me pertenece, fueran abiertas por un par de hermosos jóvenes que recogerían el abrigo que yo dejé caer despectivamente al suelo restregado con la lengua de cientos de muchachas que no nacieron con mi talento ni belleza. Una vez dentro, sin saludar a los que me esperaron todas las horas de mi retraso, posaría por los fotógrafos agazapados en las ventanas del lugar y por el pintor que estaría en otra mesa tratando de imitar mis inigualables ángulos faciales. Pediría un café que rechazaría inmediatamente por su insipidez y no dejaría de amenazar hasta que trajeran el finísimo vino casi inexistente en el mundo, traído desde no sé que finca cercana al mediterráneo por un barco que navegó lenta y cuidadosamente sólo para que el cuerpo de mi botella no se estropeara.
La realidad es distinta.
Mis riquezas serían tan incontables que esta sola característica me haría sufrir un día completo. Todos, ignorantes de mi pasado, habrán creado con mi nombre un mito que sería más difícil de borrar de la memoria de los intelectuales del futuro que Fidel Castro en las cabezas del presente. Una firma mía sobre una hoja en blanco valdría más que una mano móvil y creativa de Picasso.
Ni siquiera es cuestión de esperar al tiempo, el hecho de desear esto es comprobar que estoy vacío y que soy un imbécil con pocas aspiraciones, cualquier otro sólo desearía tener un buen trabajo.
No querría ser amado por nadie, porque la fama,la belleza, el talento y el dinero me habrían convertido en un bufón, y como el amor no hace reír a nadie ya no podría hacer que la gente me admirara. Tendría la obligación de que todos desearan ser yo y el amor nadie me lo envidiaría porque, de alguna manera, ya todos lo han probado. Aún así prefiero olvidarme de los buenos sentimientos y quejarme de que la amargura de las riquezas no me ha llegado y de que no lo hará.
Prefiero seguir lamentándome con la mirada en el cielo que bajar la vista al mundo obsceno que me aterra. A este mundo de trabajo y de presencias que no se pueden evitar tener cerca. Intento seguir el ejemplo de esa figura que cuando era niño me dijeron que era Dios, la misma figura que sufre en la tierra pero que goza, bailando para entretenernos y para que deesemos ser como él, en algún sitio que está arriba.

1 comentarios:
Tal vez no quieras ser Dios, sino su idea, o mejor dicho: su mito...
Tal vez a veces nos duele la realidad, o sólo estamos "ligeramente sensibles" y trágicos...
Me decía una amiga que fue a ver a Ruben Bonifaz Nuño a una presentación reciente, que le preguntaron: "Maestro, ¿Qué opina usted acerca de la soledad?" y él respondió: "La soledad es algo que los jóvenes se inventaron para sentirse trágicos..."
No lo sé. Más bien, como un buen chico en mi blog dijo "maldita incertidumbre"
Por lo pronto... me voy a perseguir chicos guapos en los camiones de Mérida... jajajaja
Un abrazo muy fuerte. Procura ir con Israel, porque me vas a pasar los apuntes cuando llegue... (osea, yo, no Israel)
Cuídate mucho y nos debemos unas chelas.
Samia
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