abril 23, 2007

Las razones de un lamento


La noche en que Don Isidro murió, el silencio estuvo mucho más callado. En la manzana no se escucharon perros que ladraran para demostrar valentía, tampoco un grito lejano de ambulancia que se abriera paso entre el asfalto, ni siquiera estuvieron las voces de siempre que vienen de las televisiones vecinas; sólo los segundos creados por una manecilla acompañaron a sus últimas cinco palabras y al sonido una lágrima.
Entre sombras apareció la bendita hora de su muerte. Tenía cabello blanco y para que a un hombre negro se le noten las canas tiene que haber nacido un siglo antes de nuestra era. Era lento, casi siempre lo encontraba en las escaleras, parecía tardar meses en subirlas. En ocasiones lo acompañé durante un par de escalones, pero sólo cuando tenía una hora que perder, casi siempre me veía pasar rápidamente junto a él sin que pudiera contestar mi saludo. Cuando llegaba a su puerta, en el primer piso, era tiempo de iniciar una larga pelea con las llaves. Al final casi no salía, primero se ausentó ese olor de cadáver sobre las escaleras de madera rojas y después él.
Don Isidro ahora tiene un cuento no porque lo extrañe, después de todo el mundo está lleno de muertos y hasta los vivos son fantasmas, sino porque los dos, él sólo aquella vez, lloramos con distinto ánimo y por la misma razón: porque la vida es una cabrona.

1 comentarios:

Xavi dijo...

Otro cuento triste...pero me agrada mucho como describes el silencio y la atmósfera. Ojalá yo supiera!!