diciembre 30, 2006

Smoking



La ansiedad obliga, pide a gritos, ordena que enseguida, practiques la acción a describir: mientras estás sentado o parado, charlando o en silencio, no importa ninguna de tus acciones, un violento impulso te orilla a buscar de inmediato un pequeño cilindro de papel; tiene una especie de algodón blanco en el extremo, forrado en color ámbar, lleno de motitas un poco más claras. El algodón mas tarde, gracias al paso de aire que lo penetrará, será convertido, de blanco a un color pardo. Las cajas en donde estos pequeños cilindros están, son diferentes colores, pero yo prefiero una caja roja, todos la conocemos, de hecho este pequeño cofre se ha convertido en icono pop de nuestros tiempos. Todos vienen muy juntos, son veinte, con su parte de algodón forrado hacia tu vista, y con otra mucho más larga de color blanco. Si los miras desde arriba, con la cajita abierta, notarás unos círculos hipnotizantes. Parecen tener miedo a que los tomes, aunque en el fondo, crees que eso desean, lo anhelan, están ansiosos. Son círulos casi perfectos. Entonces tomas uno y haces que todos los demás descansen un poco de la presión que los mantenía tan juntos, aquella que ellos mismos se aplicaban; los otros pueden esperar, para una pronta ocasión. Ellos son como tú, son mortales, ambos de darán el lujo de matarse el uno al otro.
El objeto del deseo no es lo que está afuera, está dentro, en el interior y en el extremo opuesto al de los circulillos blanco y ámbar, es en el otro lado. Unas franjas café y orgánicas se asoman, ven el exterior de su empapelada morada, salen para que etés seguro de que la sustancia está ahí dentro.
En el momento en que uno está en tus dedos buscas inmediatamente el catalizador de tu suicidio lento, aquello que lo encenderá a su breve vida. Aprietas el gatillo que son tus dedos y disparas. Todo comienza a arder y una pequeña parte de tu vida parte con cada bocanada, se va como una paloma ardiente en el aire. Una pequeña parte que has cambiado por humo sin forma definida, esa fue una acción pura y profana, un acto de completo hedonismo, un acto de sacrificio. Tú tan sólo miras en el incipiente humo que desprendes, a ti mismo o al que nunca fuiste. Observas a tu alma confundiéndose con el aire, pero tú la distingues , por que eso eras hace un momento, y eso le da un color especial, un color que para otros es gris, pero como se trata de un poco de tu vida aquella que escapa hacia el silencio universal, puedes distinguirla con un esencial tono, un color que sea solamente tuyo. Yo lo veo azul. Es probable que cada uno vea su propia porción de vida en azul, lo que te lleva a teorizar: el cielo tiene ese tono gracias a todas las vidas no vividas, acumuladas en lo que tú y todos, suelen llamar cielo. Descubres que es cierto lo que alguna vez escuchaste acerca de esas alturas: los muertos gozan ahí mismo, allá en lo alto.
Después de las bocanadas, la ansiedad se ha adormecido. Continúas llevando el cigarrillo a tus labios, justo en medio de ellos, es como si te besaran delicadamente. ºel disfruta de la carne de tu boca también. Tú disfrutas de su enervante halo. Sigues mirando en forma de humo. Das giros justo en frente de tu rostro, es como si aquel humo nadase en el aire, éste crece y se desvanece. Crea absurdas formas, como en una pizarra. Estás observando a tu libertad, al “yo” que guardabas en tu interior, ahora está purificado gracias al ardor del tabaco. Estás fluyendo sin un fin, flotando sin pensar.
Mientras sigues aspirando, el tabaco está asentándose en tu interior, impregnándose en tu cuerpo, colorea tus dientes. Este es el precio a pagar por tu deseo de tener una pronta libertad, una dosificada libertad. La nicotina se asienta en tu sangre, en tu órganos, volviéndose tuya, volviéndote ella.
El calor va desapareciendo al papel blanco, en donde el tabaco solía estar atrapado, lo va consumiendo, puedes escuchar cómo se va quemando, puedes ver como arde. El color de la colilla ha cambiado a un tono amarillento, casi café, todavía sobran unas cuantas aspiraciones más, antes de que ese pequeño objeto deje de ser una pieza fundamental en tu pensamiento y el modificador de tus acciones cotidianas.
El humo ha molestado a todos. No importa, ya casi terminas. Aspiras dos veces seguidas, tus últimas dos veces, lo haces rápido y con fuerza, con desesperación; incluso modificas tu gesto, frunces toda la cara, tus cejas se acercan a la nariz los ojos se cierran momentáneamente, los labios aprietan un poco más. Estas últimas bocanadas son como un respiro final antes de entrar al agua, un respiro que te ayudaría a sobrevivir, pero ahora aspiras para aferrarte y estar seguro de tu muerte. Todos tus dedos se unen, se despiden de tu Marlboro, lo aprietan pues es la última vez que lo tocarán. Tu brazo se estira un poco y encuentra un lugar para aplastarlo en contra de una superficie que ayuda a desvanecer al agonizante calor, que continúa en el extremote tu ahora, diminuto cilindro. Un poco de humo sale y se despide de ti, ese nunca entró para conocerte bien profundamente. La uña del índice y la yema de tu pulgar presionan al cigarrillo muerto, que ahora es sólo una sucia colilla, hacen fuerza y lo lanzan con un rumbo desconocido. Él vuela hacia la izquierda, a unos cuantos metros, pero tú ya no lo observas.
Saludas a alguien y charlas. A la izquierda un tacón suena, va caminando hasta tu salón, pisando a tu amor olvidado, al extinto. Será reemplazado después, con uno nuevo, luego que los tacones dejen de dar su clase.

diciembre 28, 2006

Entrevista a T.S. Elliot


El entrevistador está en América. Su interlocutor, desde la muerte o desde el opio. Parecen frente a frente en un cuarto oscuro, unidos por una línea telefónica.


-¿Cómo está?

-Días extraños. Yo soy mi trabajo, ahora son vacaciones, pero él está siempre conmigo.

-Sr. Es usted muy viejo, se fueron las épocas de esas fotos de cuando era alguien muy famoso.

-Juventud que se pierde entre la bruma de los días que pasaron, en los años.
Tiempo, eres condicionante extraño, abstracción del hombre solitario y ocioso que tan sólo tuvo que percatarse de ti e inventar a otros tantos, para perderse.

-¿Es feliz?

-El descontento, innata característica humana. Nunca seremos felices, vagamos hasta encontrar el borde de nuestro mundo plano. Creemos vivir en una esfera, pero todavía estamos sobre elefantes, tortugas o titanes. El horizonte es el fin, es la caída al abismo. Continuamos corriendo tras los monstruos que desayunaremos. Ciegos, absortos en nuestra persecución, nos sorprende un límite terrestre.
Moriremos sin poder localizarnos a nosotros mismos. Nuestra visión hacia el interior tiene muchos puntos ciegos, pero siempre nos ufanamos en tratar de ver dentro de la inevitable ceguera.

- No se nota ¿Sigue obeso?

-Tu escrutinosa reflexión bizca me anticipaba un insulto.

-Bueno, creo que usted debería estar muerto.

-La muerte es la putrefacción de nuestra botarga de carne, disfraz que terminará por asfixiar a los que estamos dentro todavía. Acabará con aquel “yo” que creemos escapará del estado físico. Todo lo que somos se refleja en los vidrios, el verdadero engaño está en el pensamiento de que el espejismo no es lo único ni lo más importante. Frenéticos gritaremos mientras el cuerpo nos aprieta hasta desaparecer y convertirnos en un punto más en el aire. Lo que vemos nos es más que todas las vidas muertas, juntas, para provocarnos visiones.
Todo es lejano, la realidad es un conjunto de cadáveres. El pasado es el presente. Millones son un solo puñado de polvo. Nuestra piel se desprende en forma de partícula para que otros nos respiren, ya estamos dentro de un hombre, en las fosas de alguna bruja, en los pulmones de cualquier perro. Aún vivos somos cenizas.

-Me hace pensar en mi miseria, paré por favor, al menos consuéleme.

-¿No extraña su piel que ya voló y probablemente se encuentre en medio de un mar africano, enterrado en la arena de alguna lejana playa? Nómada rotundo, viajero incansable. Lo felicito.

-¿Cómo le gustaría morir?

-La mejor muerte debe ser entre las llamas, para que me devoren, consuman mi cuerpo y lo conviertan en humo; para ser espiral entre toda esta materia muerta y desemboquemos en la misma nada, al menos así volaríamos un momento hasta terminar en alguna inhalante fosa.


-Es repugnante, no me haga pensar en que podría tener algo de su piel bofa dentro de mi nariz. Ya no me gustaría asesinarlo.

-Ojala nos convirtiéramos en sonido. Me gustaría ser uno de esos en el silencio: un zumbido en el fondo del oído, sirenas lejanas, segundos de manecillas, ladridos sordos.
La felicidad, sí es un sonido, una fiesta en lugar lejano pero lo suficientemente cerca para poder escucharla apenas. Quisiéramos estar ahí, pero por alguna razón nos mantenemos dentro de las sábanas. Mi felicidad imposible es mutable, puedo escucharla a veces en los grandes bailes con mambo explotando desde bocinas instaladas en medio de una calle de la misma colonia, en el salón imaginario en donde toca alguna orquesta para que todos los vestidos y trajes giren sobre las tablas y en los motores de autos perdidos en la madrugada y acompañan a las sirenas de emergencia que busca a los naúfragos en los mares de avenidas.
A veces, también en medio del silencio, escucho todas las voces de los niños nonatos, los espero. Tengo la estúpida paranoia de que los hombres, adelantándose a su desaparición, sembraron a todos esos fetos debajo del suelo, como papas que gracias al viento se asomarán de entre la tierra, pero que ahora me hablan. Eso ya no es la felicidad.

-Entonces todavía vive en la ciudad.

-Vagabundo podrían llamarme los ancestros, pero me siento como alguien que nunca ha salido de su ataúd, del mundo, de su cuerpo. Continúo perdido en mis propias palabras, no sé conversar conmigo mismo, nunca tomo el verdadero sentido de mis propias conversaciones; trato de hacerlo bien pero nunca sé cual es el punto de mis otras voces, nunca sé de lo que estoy hablando. Camino y a veces, me gusta sentirme como algo a lo que arrastra el viento, me gustaría volar y llevar una dirección.

-Ya veo. Pensaba que usted ya estaría en su casa de campo, en su retiro, esperando a que se lo llevara el diablo.

- A veces estoy en la cima de una colina, justo en donde el aire crea una curva para regresar. Antes sentía que mi suerte podría cambiar, añoraba algunos besos con saliva, esperaba probar la pócima sexual envenenante y quedé decepcionado de todo. Tengo frío y sin un sitio hacia dónde correr, estoy atrapado en el mundo. Me dejaron aquí olvidado. A mí sólo, antes existían muchos como yo. Los abandoné unos meses y al regresar ya no estaban, ninguno de ellos. El país es un desierto, cualquier lugar está vacío.

-Noto que no está conciente de la sobreexplotación demográfica. Sabe, en algunos países viven mil en un metro cuadrado. En lo que coincido con usted es en que ya no existe el silencio, tal vez nunca existió, pero me aburre pensar en siluetas y puntos y todas esas cosas de las que habla. Además parece que no está en un lugar terrestre y que tampoco conoció a Galileo,¿cómo es eso posible?, contésteme por favor: ¿Dónde está?

-No puedo sino quedarme aquí, tratando de no despertarme, y así no sentirme raro. Retendré la noche, me levantaré hasta que alguien venga para irse.

-¿Qué hora es allá?

- Nunca te tomes la molestia de ver el reloj ni de checar tu calendario. No escuchó en tu voz más que a una radio mal sintonizada. Tu voz son esos ladridos lejanos de un canino sólo y desesperado que se ha perdido a sí mismo. Vienen a mi cabeza los pensamientos fríos de una noche cómo esta, lejana pero presente y suena un teléfono con tu voz conectada simbólicamente a tu cabeza y llenas la mía con todos esos comentarios estúpidos.

-Eso ya me lo había dicho Marilyn Monroe.

-Es raro poder traer el pasado a nuestra cabeza, compararlo con nuestra realidad inmediatamente y confundir ambos como uno mismo.

-Me tengo que ir, tocará una orquesta cerca de aquí. Los vestidos y trajes giraran sobre las tablas. Justo como me describió que es su felicidad imposible y lo será así, porque usted subirá a su recámara y escuchará mis zapatos revolcándose en una fiesta que usted sólo escucha y añora.

Ambos tronaremos como insectos en el asfalto. Con un montón de dientes y sesos regados por la calle, mientras las personas nos miraran hechos unos cristos, seremos satisfacción de morbo público. Decepción no existes, felicidad tú tampoco. Vísceras, sangre, pelos y dientes es lo único que somos. Costales de carne llenos de humor. Tú ya sabes qué somos, lo malo es que siempre aspiraste a olvidarte de ello, hoy no puedes vivir sino de tus recuerdos y te largas a sentirlos. Crees que bailas.

-Adios

-Una cara entre tus piernas surgirá para detener…

-

-…

diciembre 18, 2006

Eléctricas




La humedad trajo tijerillas a mi cuarto, las veo a menudo, casi siempre caminando sobre la pared blanca. Me gusta verlas, acercarme para mirar su caparazón gris de capas sobrepuestas, con sus cientos de patas moviéndose todas al mismo tiempo, corren de mis dedos que desean tocar su cuerpo. Lo hago y la yema del índice se manchan de plata, sueltan ese mismo polvo de los gusanos estrambóticamente alados. Antes, cada vez que las veía, imaginaba tijeras pequeñas caminando, forma casi imposible de comparar con aquella de esos animales, las tijeras parecen rudimentarios instrumentos ante estos sofisticados insectos. Todavía no cubren completamente los muros, creo que si continúan reproduciéndose a la velocidad de los últimos días, lo harán en un mes. Antes mataba sólo a las que estaban muy cerca, pero ahora quiero exterminarlas a todas, antes de que sean millones y me cubran completamente. La noche pasada, tragué una, antes de morderla sentí como sus pies tocaron mis labios, cuando llegó a mi lengua sentí sus miles de pisadas y quise probarla. Empezó a fluir saliva la ahogué y dejo de moverse, probablemente haya flotado pero después mis muelas la aplastaron. Son suaves a diferencia de los grillos, pero sus intestinos eran líquido amargo. Sólo mordí una vez y tragué. Esa imagen de patitas en mi lengua y atoradas entre mis dientes me hizo tener sed. Me levanté de la cama hacia el baño y llenar el vaso cercano con agua y vi a otras tijerillas girando, como en busca de algo, en el fondo del cristal. Volteé el vaso para que se asfixiaran.
-Un camaleón.- dijo ella- Comen casi cualquier insecto o cualquier otro reptil paseándose por tu departamento las exterminará a todas. Compra uno que se vea bien flaco para que tu plaga sea historia con su estómago hambriento.
La idea me parece buena, un reptil que cambia de color al de su entorno me parecía una excelente propuesta, además de que sería un buen adorno. Pero la plaga es más fuerte para ese bicho de sangre fría, además no podría camuflajearse con el azul marino del suelo, o lo blanco de las paredes. Así que rechacé la propuesta.
Los gatos también se comen a los insectos, o los asesinan con sus los colchoncitos de sus patas, sólo porque tiene curiosidad de ver como huyen. –otro pensamiento femenino e inocente salió desde la boca pintada de rojo que se mueve frente a mis ojos.- ¿No eres alérgico a los gatos? Yo tengo uno, si quieres te lo presto unos días.
Era el pretexto perfecto para subir hasta su cuarto, pasar por el gato, que él matara a todos mis insectos y yo aprovechara mi visita en casa de la dueña para tirármela.
-No soy alérgico- contesté con ojos emocionados.
Unas horas después salgo con una jaula en la mano izquierda y una erección no atendida, ella se la pasó dándome instrucciones para cuidar al insoportable mamífero blanco, lo metió a su jaula de viaje y casi con un empujón nos sacó a ambos. Supongo que lo que quería era librarse de nosotros dos rápidamente, parecía con prisa. Camino unas calles, bajo las escaleras del metro y al tratar de entrar un policía me detiene y dice que no puedo llevar animales aquí dentro. Salgo a la superficie y pienso en un taxi, pero el café era ridículamente caro y los bolsos estaban con unas tres pequeñas monedas apenas suficientes para una caja de cigarrillos. Las piernas tendrán que moverse esta noche, los pies irán uno tras otro por varias horas hasta mi casa.
Al llegar, aviento al aire la pesada jaula y al caer, las puertas se abren y con un gesto casi feroz, el gato sale a inspeccionarlo todo. Cuando abro la puerta del cuarto el interruptor estaba cubierto de cuerpecitos grises, sin poco asco apreté el botón y llegó la luz sobre los caparazones, ya eran una nueva alfombra, el mamífero chillo y escapó a su jaula. Yo quiero salir corriendo pero mis pies duelen por haber pisado kilómetros de asfalto. La masa en el piso parecía una alfombra móvil o mercurio ondulante. Siempre me gustó aplastar con el dedo ese líquido metálico que salía de los termómetros. Tal vez los insectos me soporten y masajeando mis plantas ayudarían a que el dolor se fuera. No hay espacio entre ellas y todas iban en diferentes direcciones, eran tantas que el movimiento parece un vaivén marino. Desato los zapatos y me quito los calcetines. Al primer contacto brevísimo con esos lomitos llega el cosquilleo, luego de presionar los cuerpos llega una sensación mucosa llena mi tacto. Aplasto a todas las que abarcan treinta y nueve centímetros, algunas tienen las suerte de quedar entre los dedos y suben a mi cuerpo. Retrocedo el único paso y desengañado del mercurio en el piso comienzo a tener asco y miedo, sacudo a las trepadoras con frenesí y cierro el cuarto. Salgo de ahí abandonando todo lo que tenía y también al gato, ojala que se lo traguen pronto.