
La ansiedad obliga, pide a gritos, ordena que enseguida, practiques la acción a describir: mientras estás sentado o parado, charlando o en silencio, no importa ninguna de tus acciones, un violento impulso te orilla a buscar de inmediato un pequeño cilindro de papel; tiene una especie de algodón blanco en el extremo, forrado en color ámbar, lleno de motitas un poco más claras. El algodón mas tarde, gracias al paso de aire que lo penetrará, será convertido, de blanco a un color pardo. Las cajas en donde estos pequeños cilindros están, son diferentes colores, pero yo prefiero una caja roja, todos la conocemos, de hecho este pequeño cofre se ha convertido en icono pop de nuestros tiempos. Todos vienen muy juntos, son veinte, con su parte de algodón forrado hacia tu vista, y con otra mucho más larga de color blanco. Si los miras desde arriba, con la cajita abierta, notarás unos círculos hipnotizantes. Parecen tener miedo a que los tomes, aunque en el fondo, crees que eso desean, lo anhelan, están ansiosos. Son círulos casi perfectos. Entonces tomas uno y haces que todos los demás descansen un poco de la presión que los mantenía tan juntos, aquella que ellos mismos se aplicaban; los otros pueden esperar, para una pronta ocasión. Ellos son como tú, son mortales, ambos de darán el lujo de matarse el uno al otro.
El objeto del deseo no es lo que está afuera, está dentro, en el interior y en el extremo opuesto al de los circulillos blanco y ámbar, es en el otro lado. Unas franjas café y orgánicas se asoman, ven el exterior de su empapelada morada, salen para que etés seguro de que la sustancia está ahí dentro.
En el momento en que uno está en tus dedos buscas inmediatamente el catalizador de tu suicidio lento, aquello que lo encenderá a su breve vida. Aprietas el gatillo que son tus dedos y disparas. Todo comienza a arder y una pequeña parte de tu vida parte con cada bocanada, se va como una paloma ardiente en el aire. Una pequeña parte que has cambiado por humo sin forma definida, esa fue una acción pura y profana, un acto de completo hedonismo, un acto de sacrificio. Tú tan sólo miras en el incipiente humo que desprendes, a ti mismo o al que nunca fuiste. Observas a tu alma confundiéndose con el aire, pero tú la distingues , por que eso eras hace un momento, y eso le da un color especial, un color que para otros es gris, pero como se trata de un poco de tu vida aquella que escapa hacia el silencio universal, puedes distinguirla con un esencial tono, un color que sea solamente tuyo. Yo lo veo azul. Es probable que cada uno vea su propia porción de vida en azul, lo que te lleva a teorizar: el cielo tiene ese tono gracias a todas las vidas no vividas, acumuladas en lo que tú y todos, suelen llamar cielo. Descubres que es cierto lo que alguna vez escuchaste acerca de esas alturas: los muertos gozan ahí mismo, allá en lo alto.
Después de las bocanadas, la ansiedad se ha adormecido. Continúas llevando el cigarrillo a tus labios, justo en medio de ellos, es como si te besaran delicadamente. ºel disfruta de la carne de tu boca también. Tú disfrutas de su enervante halo. Sigues mirando en forma de humo. Das giros justo en frente de tu rostro, es como si aquel humo nadase en el aire, éste crece y se desvanece. Crea absurdas formas, como en una pizarra. Estás observando a tu libertad, al “yo” que guardabas en tu interior, ahora está purificado gracias al ardor del tabaco. Estás fluyendo sin un fin, flotando sin pensar.
Mientras sigues aspirando, el tabaco está asentándose en tu interior, impregnándose en tu cuerpo, colorea tus dientes. Este es el precio a pagar por tu deseo de tener una pronta libertad, una dosificada libertad. La nicotina se asienta en tu sangre, en tu órganos, volviéndose tuya, volviéndote ella.
El calor va desapareciendo al papel blanco, en donde el tabaco solía estar atrapado, lo va consumiendo, puedes escuchar cómo se va quemando, puedes ver como arde. El color de la colilla ha cambiado a un tono amarillento, casi café, todavía sobran unas cuantas aspiraciones más, antes de que ese pequeño objeto deje de ser una pieza fundamental en tu pensamiento y el modificador de tus acciones cotidianas.
El humo ha molestado a todos. No importa, ya casi terminas. Aspiras dos veces seguidas, tus últimas dos veces, lo haces rápido y con fuerza, con desesperación; incluso modificas tu gesto, frunces toda la cara, tus cejas se acercan a la nariz los ojos se cierran momentáneamente, los labios aprietan un poco más. Estas últimas bocanadas son como un respiro final antes de entrar al agua, un respiro que te ayudaría a sobrevivir, pero ahora aspiras para aferrarte y estar seguro de tu muerte. Todos tus dedos se unen, se despiden de tu Marlboro, lo aprietan pues es la última vez que lo tocarán. Tu brazo se estira un poco y encuentra un lugar para aplastarlo en contra de una superficie que ayuda a desvanecer al agonizante calor, que continúa en el extremote tu ahora, diminuto cilindro. Un poco de humo sale y se despide de ti, ese nunca entró para conocerte bien profundamente. La uña del índice y la yema de tu pulgar presionan al cigarrillo muerto, que ahora es sólo una sucia colilla, hacen fuerza y lo lanzan con un rumbo desconocido. Él vuela hacia la izquierda, a unos cuantos metros, pero tú ya no lo observas.
Saludas a alguien y charlas. A la izquierda un tacón suena, va caminando hasta tu salón, pisando a tu amor olvidado, al extinto. Será reemplazado después, con uno nuevo, luego que los tacones dejen de dar su clase.

