diciembre 18, 2006

Eléctricas




La humedad trajo tijerillas a mi cuarto, las veo a menudo, casi siempre caminando sobre la pared blanca. Me gusta verlas, acercarme para mirar su caparazón gris de capas sobrepuestas, con sus cientos de patas moviéndose todas al mismo tiempo, corren de mis dedos que desean tocar su cuerpo. Lo hago y la yema del índice se manchan de plata, sueltan ese mismo polvo de los gusanos estrambóticamente alados. Antes, cada vez que las veía, imaginaba tijeras pequeñas caminando, forma casi imposible de comparar con aquella de esos animales, las tijeras parecen rudimentarios instrumentos ante estos sofisticados insectos. Todavía no cubren completamente los muros, creo que si continúan reproduciéndose a la velocidad de los últimos días, lo harán en un mes. Antes mataba sólo a las que estaban muy cerca, pero ahora quiero exterminarlas a todas, antes de que sean millones y me cubran completamente. La noche pasada, tragué una, antes de morderla sentí como sus pies tocaron mis labios, cuando llegó a mi lengua sentí sus miles de pisadas y quise probarla. Empezó a fluir saliva la ahogué y dejo de moverse, probablemente haya flotado pero después mis muelas la aplastaron. Son suaves a diferencia de los grillos, pero sus intestinos eran líquido amargo. Sólo mordí una vez y tragué. Esa imagen de patitas en mi lengua y atoradas entre mis dientes me hizo tener sed. Me levanté de la cama hacia el baño y llenar el vaso cercano con agua y vi a otras tijerillas girando, como en busca de algo, en el fondo del cristal. Volteé el vaso para que se asfixiaran.
-Un camaleón.- dijo ella- Comen casi cualquier insecto o cualquier otro reptil paseándose por tu departamento las exterminará a todas. Compra uno que se vea bien flaco para que tu plaga sea historia con su estómago hambriento.
La idea me parece buena, un reptil que cambia de color al de su entorno me parecía una excelente propuesta, además de que sería un buen adorno. Pero la plaga es más fuerte para ese bicho de sangre fría, además no podría camuflajearse con el azul marino del suelo, o lo blanco de las paredes. Así que rechacé la propuesta.
Los gatos también se comen a los insectos, o los asesinan con sus los colchoncitos de sus patas, sólo porque tiene curiosidad de ver como huyen. –otro pensamiento femenino e inocente salió desde la boca pintada de rojo que se mueve frente a mis ojos.- ¿No eres alérgico a los gatos? Yo tengo uno, si quieres te lo presto unos días.
Era el pretexto perfecto para subir hasta su cuarto, pasar por el gato, que él matara a todos mis insectos y yo aprovechara mi visita en casa de la dueña para tirármela.
-No soy alérgico- contesté con ojos emocionados.
Unas horas después salgo con una jaula en la mano izquierda y una erección no atendida, ella se la pasó dándome instrucciones para cuidar al insoportable mamífero blanco, lo metió a su jaula de viaje y casi con un empujón nos sacó a ambos. Supongo que lo que quería era librarse de nosotros dos rápidamente, parecía con prisa. Camino unas calles, bajo las escaleras del metro y al tratar de entrar un policía me detiene y dice que no puedo llevar animales aquí dentro. Salgo a la superficie y pienso en un taxi, pero el café era ridículamente caro y los bolsos estaban con unas tres pequeñas monedas apenas suficientes para una caja de cigarrillos. Las piernas tendrán que moverse esta noche, los pies irán uno tras otro por varias horas hasta mi casa.
Al llegar, aviento al aire la pesada jaula y al caer, las puertas se abren y con un gesto casi feroz, el gato sale a inspeccionarlo todo. Cuando abro la puerta del cuarto el interruptor estaba cubierto de cuerpecitos grises, sin poco asco apreté el botón y llegó la luz sobre los caparazones, ya eran una nueva alfombra, el mamífero chillo y escapó a su jaula. Yo quiero salir corriendo pero mis pies duelen por haber pisado kilómetros de asfalto. La masa en el piso parecía una alfombra móvil o mercurio ondulante. Siempre me gustó aplastar con el dedo ese líquido metálico que salía de los termómetros. Tal vez los insectos me soporten y masajeando mis plantas ayudarían a que el dolor se fuera. No hay espacio entre ellas y todas iban en diferentes direcciones, eran tantas que el movimiento parece un vaivén marino. Desato los zapatos y me quito los calcetines. Al primer contacto brevísimo con esos lomitos llega el cosquilleo, luego de presionar los cuerpos llega una sensación mucosa llena mi tacto. Aplasto a todas las que abarcan treinta y nueve centímetros, algunas tienen las suerte de quedar entre los dedos y suben a mi cuerpo. Retrocedo el único paso y desengañado del mercurio en el piso comienzo a tener asco y miedo, sacudo a las trepadoras con frenesí y cierro el cuarto. Salgo de ahí abandonando todo lo que tenía y también al gato, ojala que se lo traguen pronto.

1 comentarios:

khryztyan dijo...

Hahaha.. todo el trauma del mundo!

Me ecnontre esta pagina por que queria ver si hacian danio pero ya vi que no.. Derrepente las empiezo a ver muy seguido... Quien sabe de donde salieron o.0