noviembre 30, 2006

Tiempo




Llegamos aquí con la esperanza de encontrar algún tipo de aventura, sólo perderíamos un día más, encontramos este árido pueblo y una casa solitaria, rentada por uno de los vecinos del lugar, llevamos días y pasamos las horas de oscuridad fumando no sé que cosas. Llega un momento en el que todos los vecinos de este abandonado pueblo duermen. La electricidad desaparece a las seis de la noche, aún no ha oscurecido pero ya empieza a necesitarse más luz. Sin televisión, los alienados del pueblo prefieren dormir y levantarse casi de madrugada, con Venus. Nosotros sabemos que duermen en punto de las siete, sólo soportan una hora sin focos, saben que tienen que dormir, pero no tienen idea de la hora; tú crees que nunca han visto un reloj, yo creo que todos esos relojes desconocidos están en un escondite, esperando el momento ideal para aparecer. Sólo tienen un canal de televisión, transmite barras de colores, escuchan una música extraña de fondo, miran el monitor como si las barras hablaran cosas impresionantes, como si cada uno de los colores en el monitor representara a un dios.
Ahora tienes en el rostro la misma expresión de los pobladores de Ximunal, estás en alguna parte de tu cabeza, mirando detenidamente a un solo punto frente a tus ojos. La diferencia entre ellos y tú, es que el televisor lo traes dentro, televisor interno. Miro tu rostro, es casi demoníaco, esos ojos siempre tristes y agresivos al mismo tiempo, no sé si romperás en llanto o golpearme; cuando me miras a los ojos es sólo para quedarte en silencio.
Yo no puedo ver colores como tu, pienso en ti desnudo, pienso en que un día, cuando salgas de la ducha, te quitarás la toalla y me sorprenderás con tu cuerpo, nunca pasa, qué lástima que no te gusten las mujeres, tendríamos otras cosas que hacer aquí, algo más que ir a la playa para refrescarnos de la asfixiante temperatura del lugar, algo más que mirar peces saltando desesperadamente en la arena llenando de brillo plata una porción lejana de la playa. El pueblo es Ximunal, pero la playa aún es anónima, lo molesto de este lugar es que nadie mira a la cara y aquella vieja que se sienta muy cerca de nosotros en la arena, sus cabellos grises sobre el rostro me causan miedo, no te lo he dicho, pero cuando llega, quisiera golpearla, debe estar enferma de la cabeza, pues todo el tiempo habla sola, se grita, todavía no sabemos en dónde vive, a pesar de conocer casi a todo el pueblo, ochenta y cuatro personas.
Desespero, alcanzo un disco y hago que la pequeña grabadora toque una música fuerte, mucho ruido, un oasis en medio de tanto silencio; espero que las pilas no se acaben, pues el señor de la “lonja mercantil”, como aquí llaman a la tiendita, ya está muy dormido, debe ser la medianoche ahora.
¿Cómo demonios me convenciste de quedarme aquí? Esperaba tomar el autobús al día siguiente de llegar, aquel que pasa a dos mil metros, el que hace parada en la carretera. Al principio me sentí atrapada, pero después me alivió la brea que salpica el mar. Pides un cigarrillo y te lo alcanzo. La llama se opone a la penumbra, me gusta que la luz ilumine una parte de tu cara. La manera en que la punta de tu cigarro toca el extremo de la flama, es como encender el cigarrillo con guantes… o algo así.
No puedo irme, no puedo dejarte aquí solo, más bien, no puedes dejarme sola, todavía quiero cruzar la frontera, dejar este mar con nombre de conquistador y tomar un Greyhound que nos lleve hasta otra costa, mucho más fría, con más gente, quiero tomar un barco de camino al trabajo todos los días, te perdería entre otro tipo de mar, el de la gente, de cualquier manera volverías hasta donde estoy, las pérdidas sólo son fugaces.
Creo que has dormido, estás cómo mirando la punta de los dedos, estoy quieta aunque no tenga un espejo para encontrarme algún parecido a ti. Las pilas se terminaron hace unos momentos y puedo escuchar de repente el sonido de las olas, otras noches siento temor al escucharlas, pero hoy me siento tranquila.
Hoy viajamos en una lancha, el conductor, tú conocías su nombre, tenía esa mirada perdida en el horizonte, parecía como si a lo lejos, una voz, le explicara en dónde encontrar peces, ponía mucha atención al vacío, como todos los del pueblo hacen con la televisión, como tú, cuando estás iluminando con el televisor interior de tú cabeza.
La vida de ambos fue resumida, por la nota que encontramos anoche, la vela iluminó por casualidad el papel, decía : …es como hacer el viaje en carretera de Marsella a París en tres años, normalmente se hace en treinta horas con auto. Casi como tardarse un año en el camino hacia la facultad, o como subir los escalones para la azotea en seis días.
Juntos durante mucho tiempo, hemos jugado en cualquier lugar, el mundo se convirtió en una feria, no sé por que estamos juntos, hasta nuestros padres han sido más efímeros, pero tú has estado ya por seis meses, qué irónico, es tanto tiempo. No entiendo a las personas, como la mujer que ha cocinado hoy para nosotros, que puede pasar nueve mil días con su esposo y un hijo aferrado a su seno por quince años.
Ha pasado la noche, estaba concentrada pensando en todas estas tonterías o tal vez me quedé dormida. Tu ya no estás dentro de la pequeña casa, es un hecho, me quedé dormida. Los bichos no me han quitado sangre, parece que ya no les gusta, debe ser toda la mierda que está en mi líquido.
Salgo a la playa. Tu cabeza en medio del mar, el único punto en todo el azul. Me acerco hasta la arena, está muy caliente, tengo que lavar mi cara en el mar, aunque termine más sucia. Decido sufrir quemaduras en mis plantas. Camino como ave torpe, parece que mi ritual de apareamiento está en un punto decisivo. Trató de recuperar una posición normal, mis pasos deben volver a ser de humano pues cerca está esa mujer del cabello gris.
De pie, luce normal, no es una bruja, de hecho parece ser una belleza casi marchita, como cuando encuentras un hoja aún suave, en medio de sus compañeras rugosas. El cabello no está sobre su rostro, puedo adivinar la mirada, como la tuya, como los oriundos, como la del pescador de ayer. Sus ojos ven fijamente a la línea semi-celestial, medio marina. No se percata de mi presencia.
Empiezas a salir del agua, el punto oscuro se vuelve grande, hay algo raro en tu figura. También hay algo raro en mi peso, mi color ya no es el mismo, mirando a la vieja olvidé mi cuerpo, los pies son insensibles, el sol ya no lastima. Pero mis huellas, todavía marcan la arena. Trato de tocarme, es imposible, la fuerza de mis manos pasa desapercibida por mi cuerpo, ahora me veo humeante, por eso mi color es extraño, no he cambiado, sólo que ahora estoy hecha con espirales, iguales a los del humo. Sé que estoy viva.
Las olas lejos y te miro, pero no eres igual, has cambiado también. Ahora eres veterano, tu piel parece más dura. Tu beldad murió mientras estabas en el mar, has envejecido. El mar perdió el color azul y se ve blanco, ha robado el color de tu piel, la espuma lo ataca. Miro tus pasos, no se dirigen hasta donde estoy, llegan a la mujer del cabello gris, entran a la casa. Extrañamente tranquila, miro al mar explotando en mil partes. El agua convertida en pequeñas burbujas, ahora está vuelto espuma.
Despierto. La luz eléctrica regresó, la televisión se ha prendido y las barras de colores iluminan el cuarto, la barra roja se refleja en mi rostro, la mirada es fija para aquellos nueve colores y para la música que suena como ratoncillos desquiciados dentro de una jaula. Me mueves, ofreces uno de mis cigarrillos, sólo han pasado unas horas desde la última vez que miré al reloj, ese artefacto que no sé usar. El brazalete que mide lo desconocido, lo más extraño, aquella canción que durará por siempre.

gaudi