noviembre 24, 2006

Make Up

Make Up



La única disculpa por hacer cosas inútiles,
es el sentir por ellas una atracción intensa.
Oscar Wilde

El cielo no reserva su ostentación, estrella toda el agua en el techo del cuarto. Adentro, él imagina que el mar se volvió cóncavo, piensa en la vertiginosa caída del océano, mientras los peces vuelan en la atmósfera. Según el misántropo muchacho, los truenos no son más que rocas musgosas y submarinas que revientan en el suelo, provocando todo ese escándalo. Odia la lluvia. No continúa con su labor, no logra concentrarse con aquel estrépito celestial. Prefiere encender un cigarrillo, golpear rítmicamente las palmas contra las rodillas y pensar en el futuro.
Abajo, la televisión enmudece por el ruido de la tormenta, los diálogos de aquellos chistes tan gráficos serán pronto olvidados. La mujer llegó hace media hora, tiene dolor de cabeza y toma un par de píldoras. Las gotas golpean el vidrio de la ventana, mientras ella mira el monitor, aunque no piense en éste. Su mirada perdida. Cree que su hijo duerme. No se moverá de aquel lugar hasta que finalice el programa, hasta que la taza de café esté vacía y cuando pase el dolor de cabeza.
Se mira al espejo, observa el color rojo repartido por todo su cuerpo. Está seguro, aquí dentro nadie lo podrá mirar, nadie descubrirá el crimen. La puerta está asegurada, las cortinas cubren los vidrios, la música es bastante fuerte. Nada más que su reflejo como testigo. Siente cada una de las manchas rojas en su piel. No recuerda la lluvia, tampoco sabe que su madre está en casa, y que pronto subirá a torturarlo con histeria.
La mujer martirizada por un día ruidoso toma el control del televisor y pinta de negro toda la pantalla. Su dolor de cabeza es mortal, imprecaría diabólicamente a cualquier emisor de sonido que no sea un pájaro. Cierra todas las puertas de la casa, revisa por última vez a todos sus canarios, ellos duermen hechos una bola amarilla de plumas, no quiere volver encontrar otra ave endurecida por el frío. A lo lejos, una grabadora estalla con la música. Su hijo aún no está dormido.
Revisa toda la ropa de su ahora ausente acompañante, estudia absorto cada una de las piezas femeninas. Su respiración es sonora, el éxtasis es frotar la tela contra la piel. No disfrutó más a la mujer de carne, las prendas causan mayor regocijo, por eso tuvo que llevarla hasta una salida. Ahora Sofía no está. Ahora sólo él recibe el placer.
El último foco prendido ilumina a una santa. Luz que llega hasta un rostro mutilado, ensangrentado, carga en sus manos una bandeja de plata con sus dos globos oculares, ojos que miran al espectador. Santa Lucía ejemplo de radical penitencia. La madre cuarentona frota las manos sobre el gran cuadro religioso, y reza por el alma del esposo muerto. La música en el cuarto del hijo la enloquece, el dolor acrecenta, un par de venas verdes se asoman por su frente. Retrocede los escalones que subió y regresa a oscuras hasta la cocina.
En el cuarto todas las pistas regadas. Él se prepara para salir, está misma noche tiene que deshacerse de toda esta materia femínea, aunque preferiría nunca separarse de ésta. Piensa en gozar cada parte. Se arrepiente de sus actos momentáneamente, pero vuelve a pensar en el placer, en el goce de absorber a otra persona, de convertirse en ella. La música finaliza, sólo está el murmullo de la brisa, de las últimas gotas y de sus pulmones agitados. En un bolso recoge cualquier probable evidencia. Abre las ventanas para que se vaya un poco de humo, de peste. Termina de vestirse, todavía siente esas manchas rojas en la piel. Se mira por última vez en el espejo. Nadie tiene que saber quien es. Ve un espía en cada sombra y oye una voz en cada rumor del viento.
Cesó la música, pero la frenética mujer continúa su cometido. La aversión de la madre por la realidad, es la ira de Cáliban al verse reflejada en un espejo.Toma un cuchillo y vuelve a subir escalones, lentamente, uno por uno. No se percata que escogió un cuchillo poco útil para su propósito. Llega hasta una puerta de madera. Trata de distinguir el interior a través de la mirilla, es imposible, está muy oscuro, sólo se ve el brillo de una lámpara adentro y una sombra que se pasea por la pieza. Intrigada y enfurecida trata de abrir la puerta cuidadosamente, en silencio, con la ayuda de su cuchillo, que es muy filoso y mataría a cualquier persona, pero apenas abriría una puerta.
Él escucha el sonido de la cerradura, su crimen descubierto. Todo se paraliza en su cabeza, no piensa en huir, es un segundo eterno. Sus piernas están débiles, tiemblan; el monstruo materno lo asesinará al descubrirlo. Debe y no puede ocultar su crimen. Está condenado al infierno. Ni siquiera la oscuridad será escondite.
La puerta cede. Arriba el interruptor. Los focos salpican luz. El único hijo. Peste a dulces, a flores. Todo el cuarto en orden. Un vestido sobre un cuerpo masculino. Ella estupefacta. él anonadado. Lunares rojos en la tela, el vestido de Sofía. La cara polvoreada, labios pintados. Madre con un cuchillo en mano, figura atemorizante. Miedo por la vida. Él la cree capaz de todo, teme por sí mismo. Una ventada abierta, el hijo corre hasta ella aterrorizado, salta a la calle. Cae de rodillas sobre césped.. No volverá a su casa. Buscará a su amiga, regresará lo prestado. Correrá por las calles húmedas, será libre, los tacones sonarán por toda la calle, tratará de buscar un aventón, echará un polvo. Y tal vez, esta noche, el maquillaje no se corra.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

No se leer.
Me esfuerzo, no se.
Me caga leer, me lo puedes resumir? Me lo platicas?

Tu buena ortografia es notable.
Mi ignorancia, que tal? No te impresiona? jiji.

Saludos morro.